domingo 28 de junio de 2009

San Pedro sin Juan


Sería ridículo plantearse una fiesta con tristeza. Sin embargo, tiene un dejo de poesía, como cuando Baudelaire escribió: “y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo”. Pero es innegable que este 29 de junio tiene un espeso amargor que arrastra desde el miércoles pasado, día de San Juan, y que viene envolviendo cada esquina soporosa del Guatire equinoccial que habitamos, desde el 6 de febrero pasado cuando Juan Segovia hizo mutis de la escena y se fue para las antípodas, dejándonos este fardo de anarquía citadina y aventuras pasajeras.

Juan era un getilhombre, en el buen sentido de la expresión. Alguien que sonreía a plenitud, cosa que se agradece en estos tiempos, y se afanaba con devoción en resolver los asuntos y a promover la cultura, de la buena. En estos días que transitan sin mucha épica ni ética, Juan martirizó su vida en la entrega a sus causas a un ritmo suicida, y no era casual tropezarlo en cualquier esquina del país llevando y trayendo su pasión por las tradiciones, el canto, los bailes, los niños, la formación de nuevas generaciones, y aunque sabemos que ya no está, no evitamos cada día mirar hacia el balcón de su casa en una estrecha callecita guatireña, para comprobar que una vasija con flores plásticas amanece cada mañana desde su balcón impertérrita, aferrándose a la memoria.

El saldo de la vida de un hombre ha de ser su obra más que sus sobras. Eso lo acabo de inventar pero a lo mejor lo escuché ya de alguien, todo es sencillamente un cúmulo de recuerdos inventados como dijera Vila-Matas y lo que recuerdo de Juan es alegría, sencillez, dinamismo, pluralidad, compadrazgo. Nada de doctor, ni señor, ni profesor, sino Juan, sin calificativos ni adjetivos incómodos, un hombre de bien, casi un niño eterno, que hizo arte en medio de las mayores adversidades y construyó, poco a poco, una estirpe y un destino basado en el amor propio y a su pueblo, como lo hicieron también a su manera Rafael Borges, Silvino Armas y Manuel Ángel Goznález, un poeta, un músico y un científico que dignificaron la guatireñidad y saltaron la talanquera casi en un mismo compás.

Este 29 de junio, cuando redoblen las campanas de la iglesia muy temprano en la mañana y una multitud hechizada deambule hacia el altozano e incluso penetre los intersticio de la casa de Dios, la fiesta tendrá el cariz de una bandera a media asta y los rojos y amarillos serán opacos como el cielo abatido de estos días de solsticio de invierno que no es más que otro ciclo de vida y muerte, como todos los ciclos vitales, pero que justo ahora simboliza la cosecha, el alimento, el renacimiento, la esperanza, la orgía y la bacanal, la purificación por las aguas y los fuegos que la cristiandad volvió morbosa y aséptica y matizó con sus santos, sus ángeles y arcángeles, mientras en el fondo cada hombre y cada mujer sabe, por puro instinto, que es hora de hacer la ronda alrededor de las hogueras y a orillas de la mar, para invocar a los dioses antiguos que también sabían de desenfreno, lujuria y vicio.


El día de San Pedro, aunque sonría estoy sollozando, pero metido en la fiesta, haciendo causa común por la alegría y los vapores del pueblo que se derrite entre la hecatombe del calor y los chubascos, y el marasmo de las masas en una interminable procesión de colores, como ríos que se desatan por las callejuelas salpicadas de borrachos en las esquinas, mujeres licenciosas, aspirantes de la política siempre al acecho de un acto de demagogia y los auténticos adoradores del Santo y del pueblo y sus rituales.

Y pasarán sus sobras y quedará su obra, pero la memoria, siempre escasa, nos dará para recordar que murió Michael Jackson y sus violaciones y la negación de sus raíces, mientras el hombre bueno, referente, necesario, tendrá quizás una escuelita de danzas folklóricas y algún acto onomástico otra tarde canicular, digamos, de un día de febrero cuando en la plaza haya un mitin y el pueblo esté inmerso en su ajetreo de ciudad confusa, con gente haciendo colas para entrar al banco, una loca esté espantando las palomas que revolotean sobre la cabeza de Bolívar y alguien se esté rascando el sobaco mientras canta con voz desafinada y en un inglés pantanoso algo que dice: “we are the world, we are the children”.

miércoles 24 de junio de 2009

Infinitus


Y cuando en mi silencio,
en mi falta absoluta
en mi ausencia
aún así
no me extrañes
seremos por siempre
bellos,
infinitamente bellos.
Como la belleza canónica
del cero.

Esa peste llamada amor


La vida puede cambiar en fracciones de segundo, es un lugar común. Sin embargo, muchas veces las cosas suceden en una seguidilla que genera un cierto vértigo porque implica movimientos bruscos, incluso cambios, a los que les tememos por lo mismo, porque es lo desconocido, lo nuevo.

Por ejemplo, luego de muchos intentos frustrados e inexplicables, en días pasados disfruté de una película en el cine: Vicky Cristina Barcelona, la última de Woody Allen, con Javier Bardem, mi actor “más favorito del mundo” como dicen los chamos, y la mujer más bella de la que tengo memoria después de Audrey Hepburn: la impresionantemente bella Scarlett Johansson.

La película no es la mejor de Allen, quien por lo general escribe, produce y dirige sus trabajos, pero me dejó una línea opresora como suele suceder con las películas de este tipito: casi comenzando la historia Juan Antonio (Bardem) lleva a Judy (Patricia Clarkson) a conocer a su padre, un típico catalán que habita en una villa solariega y se dedica a escribir. Judy le pregunta por su obra, por sus libros, y Juan Antonio se la lleva aparte para confesarle que aunque su padre es muy prolífico escribiendo, y es autor de una obra muy buena, quema o rompe todo lo que escribe porque odia a toda la gente. La cosa impresiona porque el viejo tiene cara de buena gente, y se pasa de amable con Judy (cualquiera, en todo caso). Juan le explica a la mujer que el problema es que su padre hace eso por una venganza en contra de la humanidad: escribe obras extraordinarias, la mejor poesía que se pueda creer, pero la destruye antes de que caiga en manos de la gente como castigo por llevar tantos miles de años como civilización destruyéndose y autodestruyéndose sin comprender, finalmente, que la solución está en el amor.

Exacto, es verdad que puede parecer una mariconada como están pensando ahora mismo, y que Marlon se volvió loco y está pasado de cursi y etc. Lo admito, muchas veces efectivamente soy medio maricón, pero aunque salí de la sala con cierto desprecio por la peli, porque no me pareció demasiado interesante como Manhattan o Hannah y sus hermanas, la idea del escritor que rompe toda su obra por una venganza contra la humanidad por no entender que la solución es el amor, me ha inquietado al punto de que no me ha dejado dormir un par de noches.

Porque el asunto es, y aquí entra el sesudo pensador, que el concepto no es nuevo y fue leit motiv importante en la década de los 60’ cuando se reivindicó el amor con el movimiento hippie y los Beatles cantaban All you need is love, entre otras expresiones que trataban de revitalizar la idea del amor como salida ante la crisis de humanidad y el fracaso del positivismos y todas las teorías iluministas que supusieron que la tecnología, el desarrollo y el progreso nos darían felicidad plena a todos. Sin embargo, se revitaliza con una imagen temible (el escritor que destruye su trabajo, es agobiante) y se patentiza en una época en que se tambalea el capitalismo, se deshacen los conceptos y la gente no ve en perspectiva lo que está pasando y sobre todo lo que puede pasar después de toda esta conmoción epocal.

En fin, una cosa llevó a la otra, para variar me emborraché (un domingo, que es el día más hermoso para embriagarse, porque es una especie de venganza contra el lunes) y finalmente leí poesía con un amigo a la orilla del río de Araira oyendo de fondo y en vivo a un grupo que tocaba una locura que llaman joropo metralleta que es una variación aceleradísima y medio merenguera del joropo central, hipersurrealista. Tras uno de los poemas y un trago, descubrí junto a mi amigo los ojos azules y luminosos de una especie de Ava Gardner del subdesarrollo vendiendo perrocalientes con una dignidad intachable. Era una doncella de no más de 25 años que aunque se abnegaba en su faena, pedía a gritos susurrantes ser rescatada por un caballero armado con su espada templada en acero como el Cid con su Tizona, y huir con él hasta los confines de la pasión y la locura para vivir del amor, lejos, muy lejos, del perrocaliente con salsa de ajo y la hamburguesa de pollo.

Bueno, la tontera viene a cuento porque medio borracho aún, llegué a mi trabajo al día siguiente y me conseguí en mi correo un fragmento del Libro del ego de Osho, justamente el capítulo que habla sobre el amor, que me había enviado en adjunto un amigo psicólogo que casi se ha convertido en mi psicoanalista y que me nutre bastante bien el intelecto y las angustias con cierta literatura relacionada.

Al abrirlo y contener las ganas de reírme o de llorar, por el cúmulo de casualidades y yo no sé qué más, pensé en la terrible necesidad que tengo de querer a la gente que quiero, porque de resto estaría muy agotado de tanta mierda (gente mierda, me refiero) y de recuperar a la gente que se ha quedado en el camino del amor que les he tenido y que quizás no he demostrado suficientemente o que temo demostrar.

A toda la buena gente, que merece mi amor de gratis porque es gente realmente buena, le agradezco burda que se han calado a esta ladilla y les reitero que frente a la cercanía, y sobre todo la distancia, yace toda mi emoción de verlos de nuevo cada vez que es posible incluso en medio de bajas pasiones y absurdos rencores. A ustedes solo puedo amarlos, lo demás es demasiado banal y no vale la pena, sobre todo la rabia, el orgullo, el olvido y esas menudencias que solo pertenecen al mundo real pero no a nosotros que somos de aire, de maíz, de humus.

Peor aún, porque sí, soy remarico, toda esta paja va sobre todo para mis admirados tres jinetes del Apocalipsis (Eduardo Hernández, Carlitos Hernández y Jorge Moreno); a la loca de Luisa Díaz que ahora no quiere ser artista, y a mi hermano a media luz Eduardo Parra.

También para otr@s panas, para que se vomiten un poco o se vayan a la mierda.

Y de paso les regalo las líneas de Osho, para que se caguen en mi madre.

SI VA!

Camionetas


Hay que advertirlo formalmente: esta columna se inauguró hace algún tiempo en medio del luto que aún arrastramos, porque un intelectual brillante sin pedir permiso ni a Dios ni al Diablo, y eso duele, se nos fue por entre las grietas de la hechura ridícula que es la existencia y su inmediatez.

Francisco Umbral, un cínico madrileño, en agosto de 2007 apagó su brillo y se llevó la tinta fina que vertía en el diario El Mundo de España, donde fusilaba sin lamentación a moros y cristianos desde su columna rotulada Los placeres y los días, título que nos propusimos plagiar a medias, guardando kilómetros de distancia.

En aquellos días la cosa empezaba narrando una historia trillada: la de la perfidia, que se ceba ex profeso sobre quienes manosean el poder como si sólo por esa circunstancia, divina o maldita, fueran culpables.

Contaba yo esa vez que en un lejano poblachón rural se narraba la fábula de una jovencita “concejala”, como gusta de torcer los rigores de la lengua el uso del género, quien pidió como una exhalación postraumática la adquisición de un vehículo ampuloso al Ayuntamiento donde ella señorea con ardor revolucionario, vistos los lances injuriosos en los vehículos oficiales y oficiosos que hacen de la vida del político de pueblo un martirio anacrónico.

La jovencita concejala armó un revuelo, sin proponérselo, porque otro concejal devenido en pequeño mártir de las izquierdas, decidió renunciar a un importante cargo directivo como gesto de protesta ante tan infeliz acontecimiento y desorbitada ambición.

El pueblo se ajetreó, las vírgenes sudaron, los amantes se amaron, y el calor se puso fastidioso mientras la prensa del corrillo recogía la noticia y sus incidencias con holgura, como si el vehículo en cuestión realmente contuviera en sí un maleficio.

Yo no pude menos que pensar en el dolor de la señorita, yendo y viniendo por la patria de Bolívar sin su impecable corcel, por aquel entonces de 120 millones de bolívares y tracción 4x4, soportando la impertinente posibilidad de circular por las calles de su barrio sin sus Gucci de imitación tornasolados y los vidrios del vehículo subidos o bajados, exhibiendo con justicia un logro, no ya patriótico e insurrecto, sino personal como no puede haber mejores, luego de tantos esfuerzos por gestionar el bien colectivo desde su humilde trinchera. Algún premio debe haber luego de tanto martirio, que una vez malogró sus carnes en un accidente de tránsito casi fatal.

La señorita concejala se le plantó al concejal renunciado, y con ella por mujer y por ungida se amurallaron los demás representantes del pueblo y hasta la primera mandataria local, en un justo empeño de solidaridad y humanismo, y la gente que es mal intencionada pensó en negocios y cuadres, como si eso fuera posible en el país que sueña con el hombre nuevo y donde el presidente pide encarecido a cada rato el desprendimiento y la humildad.

Los jodedores, que sobran, baten la coletilla de “patria, socialismo o Hummer” aludiendo a otro vehículo marcado también por un conjuro maldito, mientas pienso en la pobre señorita concejala haciendo mercado en Makro, por ejemplo, intentando empotrar a duras penas su renovada mercancía doméstica en, digamos, un diminuto y deshonroso Corsa 2 puertas o peor aún, en un Fairlane del ‘79.

El caso de la camioneta, que gracias a la brevedad pragmática a la que nos someten los medios quedó en el olvido como tantas otras cosas vacías o llenas de contenido, será una leyenda que se contará en el pueblo cuando mis hijos hayan crecido y me toque decirles que quizás, en un lugar de Venezuela de cuyo nombre no quiero acordarme, años ha una señorita concejala con las partidas presupuestarias del parlamento local y la ayuda de los panitas burda, adquirió un hermoso rocín de 16 ó 24 válvulas y quién sabe cuántos caballos de fuerza para imponer su enjuta montura sobre los designios de la lucha de clases y las reivindicaciones del proletariado. Y les diré que otro concejal se puso envidioso y pataleó y malcriado devolvió su silla y cruzó sus brazos y se sentó en una esquina del hemiciclo de la Cámara como quien espera un regalo mejor que el que recibió el hermano mayor y regordete de acnés sebosos en sus mejillas de 15 años. Le diré a mis chamos, eso sí, que eso es lo que dice una antigua superstición que aún hace temblar de miedo a los más viejos del pueblo, con más memoria y menos decoro.

Ana Frank


Al Sambil se va un domingo, golpe de mediodía, solo porque alguien te obliga o porque se está enamorado. Ni siquiera la remota posibilidad de que los carajitos disfruten de la pecera del nivel Acuario, justifica semejante sacrificio de paciencia y cordura.

Al Sambil, de paso, se va en tropel, hipnotizado e idiotizado, y nadie logra zafarse del enganche manipulador de las rebajas o los sobreprecios en las vidrieras, que primero te guiñen, luego te arrastran, te abrazan, te lenguetean, te violan, y aún te quieren virgen para una próxima oportunidad.

Un domingo alucinante en mi memoria reciente es el domingo pasado, cuando cogí con la mujer y los muchachos pal' Sambil bajo cualquier excusa inobjetable para comprar algo que en otro lado no existe, según la madre. Era un domingo, sin embargo, bonito, de sol radiante y nubes pomposas que le daban a Caracas un cariz exótico y abiertamente tropical.

Fue, en principio, un domingo de colas, tumulto, gente malhumorada, motorizados agresivos, matronas floridas, viejitos en mono y zapatillas y un cierto aire de vida feliz, como jamás será un día entre semana.

Aunque no esperaba más de lo esperable de un día trivial, un hallazgo inusitado me golpeó en la primera escalera mecánica de la primera entrada del primer estacionamiento: tras subir por el gusano de metal que traga y escupe gente sin remordimientos, hallé una exposición tan singular y atípica que juré por unos segundos que salía de la estación Palais Royal - Musèe du Louvre de París.

Era una muy curiosa y bellamente montada exposición en homenaje a los 80 años del natalicio de Ana Frank, la pequeña mártir de la II Guerra Mundial que se hizo célebre tras su muerte en un Campo de Concentración Nazi, por escribir un diario donde detalló con una belleza inusitada para su edad la terrible vida en un escondite donde permaneció dos años refugiada junto a su familia de la persecución contra los judíos que dio origen al llamado Holocausto o Shoá.

La exposición estaba bien plantada, y unos muchachos rozagantes repartían unos trípticos aún mejores, y te ofrecían una pequeña visita guiada por los pendones que sujetaban las fotografías y los testimonios, en medio del marasmo comercial de la gente comprando celulares y hamburguesas. Transportado por el impacto de lo visual y lo textual, por un momento no supe de mujer ni de hijos sino que me acurruqué en los entresijos de un viejo sótano en penumbras donde el frío penetraba hasta los huesos y el miedo te pinchaba con sus aguijones afilados. Tuve hambre, sueño, desesperación y todos las ideas locas y grandiosos de cualquier muchacho de 14 años que quiere comerse al mundo y no puede, porque está paralizado de terror.

Lo tremendo fue que la exposición me asomó a la otra Venezuela: una que habla de solidaridad y tolerancia; por ningún lado se asomaba un dejo político o un desmadre partidista sino que el llamado era a la comprensión de las diferencias, la importancia de la diversidad, el rechazo hacia los prejuicios, los estereotipos y la discriminación.

Para que Ana Frank y su gente sobrevivieran en el escondite donde aguantaron dos duros años antes de ir a parar a diversos centros de exterminio humano, recibieron la compasión de ciudadanos no judíos que les facilitaban enseres y alimentos, como sucedió en muchos casos también épicos como en Varsovia o la osadía de Oskar Schindler que dio origen a la película. Casos como estos miles, que ni trascendieron lo mediático pero que dignificaron a la especie muy a pesar de la inmensa locura del nazismo y la II Guerra Mundial que acabaron en conjunto con la vida de 49 millones de personas.

Lo inaudito, y aquí discurro, es que se utilice semejante crimen contra la humanidad como argumento político en la actual diatriba criolla, y por si nadie se ha dado cuenta, la profusión editorial sobre Hitler, Mussolini y otros criminales dictadores de la historia viene proliferando con el empuje que solo pueden darle grandes corporaciones transnacionales con intereses políticos claramente orientados.

El Diario de Ana Frank ha sido leído por más de 30 millones de personas en el mundo y traducido a más de 60 idiomas. Sus enseñanzas, sencillas y por ello extraordinarias, nos deben orientar hacia la cordura pero por sobre todas las cosas, hacia la solidaridad.

Ese domingo caprichoso me tomé tres cervezas, puse a mi hijo de dos años a bailar tambores en La Estancia y al pequeño de seis meses le besé la barriga y sonrió, y al final, más o menos, fui feliz.

sábado 9 de agosto de 2008

Voltear hacia Khayyan


Ahora que es mayo y las lluvias fecundan de motas amarillas la aridez de las montañas; revientan el apamate y el araguaney y la nostalgia lo cubre todo con su manto de pequeña venganza de invierno. Mayo de enamorados que salen sin paraguas a atravesar las avenidas del centro, como dos forajidos que huyen de Sodoma y Gomorra a acurrucarse bajo el resguardo de los toldos de algún buhonero.
En mayo se unta de una pátina gris la ciudad, pero los niños saltan de alegría y abren sus bocas y beben el fruto de los cielos abatidos que en mayo se desaguan como deltas violentos.
Uno llega y se detiene en la rutina. Las oficinas son tristes trincheras con claraboyas indolentes que nos dejan ver que detrás de los cristales llueve, diría Serrat, y uno encerrado entre manojos de papeles alzando al vuelo la idea de escapar hacia ese destino absoluto de aguacero y vida, de riada y espera, de renacer, de gente mojada sobre rubores de tierra.
Un hombre sonríe, una mujer reza, un niño juega; los burócratas vuelven a ser tan inservibles, los músicos imprescindibles, los atletas necesarios, los poetas vitales; la masa indescifrable estadística de lo ajeno, hasta que alguien se resiste, porque siempre hay alguien que se resiste.
Quién podría explicar cómo es que la gente no se atasca, como es que fluye con todo y sus historias épicas, sus pequeñas revoluciones, entrando a los edificios, agitando los ascensores, trasegando el metro. Todos caben en ese día a día de mayo y sus lluvias turbulentas y su sol intermitente, y más allá de la ventana se ve quizás a la mujer amada, al hijo que está y al que viene, a la patria que sueñas, y la Biblioteca se te vuelve imposible como un escafandra diminuta, se te monta en la espalda triunfante mientras la nostalgia te lleva a dar pasos de ciego sobre la molienda, pero alguien te dice “tan lejos y tan cerca” y volteas como por una necesidad inexplicable y allí está, el busto inamovible, centelleante de Omar Khayyan, el poeta persa que alumbra el Foro Libertador, el cantor del vino, de las Rubaiyat, y uno vuelve a suspirar, porque detrás de la lluvia hay sol, y con la lluvia hay vida y todo nace, se reproduce y muere, en el prodigio de los tiempos.

lunes 29 de octubre de 2007

Motín



A Garachico

Este es un pequeño pueblo al lado del África sahariana
He venido hasta aquí como el viento norte que huye de los vikingos
Desde tierras herméticas de fiordos y frío glacial
Cuando veo estos paisajes me alegro tanto de ser de este siglo
Sé que este pequeño pueblo vivió días peores
Crucifixión y ascenso hacia glorias algebraicas
Ahora me despejo un poco y salgo a deambular sus cortas
Callejuelas salpicadas de trinitarias y conchas en las paredes
Como todo pueblo a orillas del ondear vejatorio del Atlántico
Procuro algunos pasos y me detengo ante la que podría ser
Una revelación: esa cantina pequeña y bulliciosa, de mesas
Apiñadas y hombres de risa atronadora que llevan en sus brazos
Tatuajes antiguos macerados por las estaciones
Como quisiera ser uno de esos zorros marinos
Que tienen coartadas para el ardor en la garganta y se aventuran
A sofocar el incendio de sus huesos con litros de cervezas
Servidas en vasijas cinceladas que danzan delirantes
Bajo los palmos de sombra de un sauce retorcido
En este bar a orillas del Atlántico algunos hombres de
Complexión fuerte y mirada cautivante narran historias
Increíbles como no podía ser menos, pero no les creo nada
Conozco el juego: alguien debe admirarles con asombro
Y resignación y yo no caigo porque estoy muy aburrido
Para estas cosas, yo me bebo un par de birras bien frías
Y miro hacia otro lado y descubro un sol abrasante allá afuera
A donde van a parar las prístinas espumas de un océano
Que anuncia marejadilla y truenos al poniente
Me alegra de verdad ser de este siglo.

Uno de los marinos viejos me contó una vez que debajo de esos
Restos de roca volcánica, a donde fueron a dar los esqueletos
De admirados galeones salpicados por los siete mares
Reposa un navío con todo y su tripulación
Navegantes avezados, con tesoros sibilinos y joyas grandiosas
Que espera las ansias de algún aventurero dispuesto
A escarbar de entre los inmensos aerolitos negruzcos
Y silenciosos que deformes e hirientes le dan a la costa
Un extraño espesor de gasa chamuscada
Yo no seré ese aventurero, yo me conformo con dos
Cervezas y un palillo entre los dientes mientras espero
Que llegue la tarde para ver cómo el sol esculpe las sombras
Más hermosas que la luz puede proveerle a las cosas detenidas
Como un castillo del siglo XVI, un farol victoriano, una esquina
Una cueva, una hoz, una espléndida ancla derrumbada por ahí
En esta tarde que empieza a ser tan ajena y difusa como
Esas carabelas heroicas que durante los viajes de descubrimiento
Astillaron sus rancias quillas sobre monstruos marinos
Como el inmortal Kráken
Que con sus inmensos tentáculos abrazaba hasta la derrota
A esa imbatible armada ultramarina
Lanzada a conquistar razas quiméricas
En esas cosas pienso mientras espero a mi mujer
Que atiende las mesas de una oscura fonda
Llamada Dácil, la apasionada aborigen guanche
Que amó al conquistador y vendió por orgasmos
Y ardores a su pueblo, como la Malinche y Medea
Auténticas románticas como ya no quedan
Aunque quizás me equivoque porque cuando
Siento sobre mi hombro izquierdo la suave caricia
De la mujer que quiero y que sé que está escapada
De su horario y posterga sus obligaciones
Frente al campo de batalla
De las cuatro mesas y la barra de aquel bar
Donde gobierna de 3 a 10
Entiendo que otras arteras son posibles
Sin tanto fausto y tanto mito
Y entonces sé que esos marinos borrachos harán aguas
Sobre la acera y alguien quizás los desvalije
En medio de la nada y se llevará a casa algún
Recuerdo de guerra
Y yo navegaré por esas calles entre saltos blondos
Abrazado a la cintura de mi chica
Y su pequeño motín a bordo.

Julio 2005