
Sería ridículo plantearse una fiesta con tristeza. Sin embargo, tiene un dejo de poesía, como cuando Baudelaire escribió: “y sonrío en los duelos y en las fiestas sollozo”. Pero es innegable que este 29 de junio tiene un espeso amargor que arrastra desde el miércoles pasado, día de San Juan, y que viene envolviendo cada esquina soporosa del Guatire equinoccial que habitamos, desde el 6 de febrero pasado cuando Juan Segovia hizo mutis de la escena y se fue para las antípodas, dejándonos este fardo de anarquía citadina y aventuras pasajeras.
Juan era un getilhombre, en el buen sentido de la expresión. Alguien que sonreía a plenitud, cosa que se agradece en estos tiempos, y se afanaba con devoción en resolver los asuntos y a promover la cultura, de la buena. En estos días que transitan sin mucha épica ni ética, Juan martirizó su vida en la entrega a sus causas a un ritmo suicida, y no era casual tropezarlo en cualquier esquina del país llevando y trayendo su pasión por las tradiciones, el canto, los bailes, los niños, la formación de nuevas generaciones, y aunque sabemos que ya no está, no evitamos cada día mirar hacia el balcón de su casa en una estrecha callecita guatireña, para comprobar que una vasija con flores plásticas amanece cada mañana desde su balcón impertérrita, aferrándose a la memoria.
El saldo de la vida de un hombre ha de ser su obra más que sus sobras. Eso lo acabo de inventar pero a lo mejor lo escuché ya de alguien, todo es sencillamente un cúmulo de recuerdos inventados como dijera Vila-Matas y lo que recuerdo de Juan es alegría, sencillez, dinamismo, pluralidad, compadrazgo. Nada de doctor, ni señor, ni profesor, sino Juan, sin calificativos ni adjetivos incómodos, un hombre de bien, casi un niño eterno, que hizo arte en medio de las mayores adversidades y construyó, poco a poco, una estirpe y un destino basado en el amor propio y a su pueblo, como lo hicieron también a su manera Rafael Borges, Silvino Armas y Manuel Ángel Goznález, un poeta, un músico y un científico que dignificaron la guatireñidad y saltaron la talanquera casi en un mismo compás.
Este 29 de junio, cuando redoblen las campanas de la iglesia muy temprano en la mañana y una multitud hechizada deambule hacia el altozano e incluso penetre los intersticio de la casa de Dios, la fiesta tendrá el cariz de una bandera a media asta y los rojos y amarillos serán opacos como el cielo abatido de estos días de solsticio de invierno que no es más que otro ciclo de vida y muerte, como todos los ciclos vitales, pero que justo ahora simboliza la cosecha, el alimento, el renacimiento, la esperanza, la orgía y la bacanal, la purificación por las aguas y los fuegos que la cristiandad volvió morbosa y aséptica y matizó con sus santos, sus ángeles y arcángeles, mientras en el fondo cada hombre y cada mujer sabe, por puro instinto, que es hora de hacer la ronda alrededor de las hogueras y a orillas de la mar, para invocar a los dioses antiguos que también sabían de desenfreno, lujuria y vicio.
El día de San Pedro, aunque sonría estoy sollozando, pero metido en la fiesta, haciendo causa común por la alegría y los vapores del pueblo que se derrite entre la hecatombe del calor y los chubascos, y el marasmo de las masas en una interminable procesión de colores, como ríos que se desatan por las callejuelas salpicadas de borrachos en las esquinas, mujeres licenciosas, aspirantes de la política siempre al acecho de un acto de demagogia y los auténticos adoradores del Santo y del pueblo y sus rituales.
Y pasarán sus sobras y quedará su obra, pero la memoria, siempre escasa, nos dará para recordar que murió Michael Jackson y sus violaciones y la negación de sus raíces, mientras el hombre bueno, referente, necesario, tendrá quizás una escuelita de danzas folklóricas y algún acto onomástico otra tarde canicular, digamos, de un día de febrero cuando en la plaza haya un mitin y el pueblo esté inmerso en su ajetreo de ciudad confusa, con gente haciendo colas para entrar al banco, una loca esté espantando las palomas que revolotean sobre la cabeza de Bolívar y alguien se esté rascando el sobaco mientras canta con voz desafinada y en un inglés pantanoso algo que dice: “we are the world, we are the children”.




